
HABITAR POÉTICAMENTE
Esta tarde, por primera vez en este año, he notado en mi piel esa brisa tenue pero ya fresca que anuncia la marcha del verano. Ando descalza por mi césped y veo unas cuantas manzanas caídas. De repente, por esos insondables caminos de la memoria, viene a mi cabeza el poema de Hölderlin donde él afirma:
"Lleno de méritos, sin embargo poéticamente, habita el hombre en esta tierra"
En esta tierra, la nuestra, la de todos, se labran los campos, se siembra, se construye, se esfuerza el hombre día a día, levanta edificios y hace pan. Méritos humanos que sólo adquieren realidad poética cuando uno se mide con los dioses:
"¿Puede, cuando la vida es toda fatiga, un hombre
mirar hacia arriba y decir: así
quiero ser yo también? Sí, mientras la amabilidad dura
aún junto al corazón, la Pura, no se mide
con mala fortuna el hombre
con la divinidad."
El poema me reafirma en mi creencia de que en la gran poesía la humildad y el desafío son un todo indisoluble. Medirnos con lo divino y tener amabilidad junto al corazón. Amabilidad, palabra rebajada en nuestro tiempo a huera manifestación de modales sociales, y, sin embargo, tan grande: la sutil empatía que nos hace tratar bien a íntimos y desconocidos. Recuerdo, durante un viaje a Hungría, un momento especialmente dichoso en el que gocé de "la Pura": había entrado en una iglesia de Eger y, tras recorrerla un rato, me disponía a salir. La iglesia estaba totalmente vacía, pero en la puerta, un hombre algo mayor me indicaba con gestos que me quedara. Señalaba arriba y después se tocaba el pecho manifestando que lo de arriba era algo suyo. Instantes después bajó un muchacho robusto y despeinado de mirada intensa y con la sonrisa de alguien en estado de gracia. Su hijo. Nos saludamos y entendimos más allá de las palabras. El joven volvió a subir y yo regresé al interior. Me acomodé en uno de los bancos de madera. Tras un breve silencio comenzaron a sonar en el órgano los acordes del "Ave María" de Schubert mientras una voz cantaba llenando la vacía iglesia: el joven desconocido, con quien ni siquiera tenía un idioma en común, me estaba haciendo uno de los regalos más hermosos que he recibido nunca.
En este habitar la tierra, el dolor es compañero inseparable. Y uno de los más grandes misterios. Dolor que viene, tan amenudo, cuando nuestro sentido de lo justo pide a gritos lo contrario. Pienso en Oscar Wilde, que fue a la cárcel por enamorarse, en el honrado Gregorio Samsa, convertido en insecto de la noche a la mañana , en la sordera de Beethoven, en Victor Frankenstein, que buscando crear vida perfecta e inmortal, creó a un mostruo víctima y victimario a un tiempo. Mezclo personajes literarios con los llamados "reales" porque no encuentro diferencia sustancial. Y no salgo del ámbito del arte porque el dolor es demasiado omnipresente como para que aquí sea necesario dar ejemplos. Habitar poéticamente. ¿Con el dolor? Así lo hacemos. El dolor, más que nada, nos hace enfrentarnos a los dioses, medirnos con lo divino, implorarlo, negarlo, odiarlo, retarlo. Esperarlo, quizá.
"¿Es desconocido Dios?
¿Es manifiesto como el cielo? Esto
es lo que creo más bien. La medida del hombre es esto.
Lleno de méritos, sin embargo poéticamente, habita
el hombre en esta tierra."
Pese a todo. Pese a lo sórdido y lo trivial. O incluso también por eso. Con la belleza y el dolor. Con la belleza y su dolor. Poéticamente habita el hombre en esta tierra.
Pronto llegará el otoño. Y le sucederán, año tras año, las siguientes estaciones. Ciclos tan conocidos para el hombre, pero con el secreto, siempre guardado, de lo inmemorialmente familiar. Hay un viento algo frío y anochece. Entro en casa.
Mañana...
(Traducción del alemán: Eustaquio Barjau.Imagen: Julia Margaret Cameron)